Con voluntad de superación y amor por la vida

13 de marzo de 2019

Ella tiene 39 años llenos de dificultades y también de alegrías. Celebra la vida y sigue, se seca la frente y continúa sin prisa y sin pausa. Ramona Bonjoni está empezando el primer grado de su educación primaria en la Escuela para Jóvenes y Adultos n°53 que funciona en horario nocturno en el Barrio San Miguel. Nacida en Campo Ramón junto con 9 hermanos, una eterna mamá y un padre que faltó más de lo que estuvo.

Su madre intentó escolarizarla en su infancia pero al ser sostén de hogar iba a los campamentos de tarefa con todos sus hijos y eso generaba que la escuela quede en un segundo plano. Ramona sabe de la cosecha a mano desde los 7 años, a los 11 tarefeaba de manera independiente, aportando sus ingresos para la economía de la casa. Creció y siguió en la misma actividad de manera ininterrumpida, hoy es madre de 5 hijos, los mayores trabajan en una chacra de manera permanente y una de sus hijas vive al cuidado de su hermana desde que era niña, aunque mantiene una excelente relación con ella y hace 8 meses la convirtió en abuela.

Siendo adolescente se trasladó a Villa Mosquere donde formó su familia  pero nunca abandonó la cosecha, mientras su salud lo permitía. Con el tiempo, la bebida hizo que un día se encuentre sin compañero y acostumbrada a transitar la vida con dignidad y sin esperar milagros, arremangada y sin chistar, trabajó y mantuvo a sus hijos.

Hace 11 años pudo acceder a una casa en el Barrio San Miguel y pronto trajo a su mamá para que esté cerca suyo. Hoy son vecinas y compañeras de mate y pan casero. Luego de algunos intentos siendo adulta, este año llegó a la escuela nocturna decidida a iniciar su primer grado y de paso acompaña a su hijo que asiste al 6to grado del mismo establecimiento, madre e hijo vienen juntos, saludan a la Bandera y pasan a sus respectivas aulas, con dignidad más que con orgullo, como mostrando “cómo se hace”.

Ramona quiere aprender a leer y a escribir para poder obtener un trabajo mejor, un trabajo que no exija tanto a su cuerpo cansado. Empezó a tarefear a los 7 años y no paró nunca más de hacerlo.

En medio de crisis, corridas cambiarias y procesos eleccionarios, ella da lección de cómo se hacen los sueños, a mano y sin permiso como decía el poeta.

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