Cuando el rechazo se hace sinónimo de la adhesión

20 de septiembre de 2021

Vivimos en un país en el cual cada proceso eleccionario de los últimos años, muestra como el comportamiento cívico social puede llegar a vulnerar los conceptos de la lingüística.

Existen varias aristas para analizar el escenario de las últimas elecciones y sus días posteriores y todas representan un gran desafío. En principio y siempre desde una óptica particular, las elecciones no se ganan o pierden por facebook o por canales de televisión, si hay gestión sólida con medidas efectivas de alcance real.

Gobernar en pandemia nunca estuvo ni en las charlas más disparatadas de la sobremesa de algún asado, es algo para lo que jamás existió un ensayo o alguna referencia útil, al menos para estos tiempos. Hubo tremendas epidemias en la historia de la humanidad pero como esta, ninguna. El sistema de salud argentino era, para este caso, de papel y había que lograr que sea de cartón por lo menos, para enfrentar lo que se venía.

Se hizo y se lograron muchas mejoras. El ámbito político partidario nunca se bajó del ring y más que una grieta, se parece al movimiento de placas tectónicas que remueven absolutamente todo. A su vez, cada luchador de esta contienda, tiene diferencias en su composición interna, que se suponían eran mas sutiles y que terminaron estallando por los aires, dejando ver la magnitud de lo disímil.
Daría la impresión que conformamos una sociedad en la que se vota tanto por rechazo como por adhesión y estos serian los motores de la elección. Se vota «por» y se vota «anti» y esa dicotomia hace que sea muy complejo el análisis de las temperaturas en la calle, ya sea por encuestas o por cualquier otro tipo de método de recolección de datos, lo que sólo aumenta el desconcierto de unos y de otros, aportando a la incertidumbre general.
Indudablemente no todo funcionaba en el gobierno a la perfección, aunque tampoco se estaba al borde del abismo. ¿Era necesaria una oxígenación y cierto recambio? Por supuesto, lo que no era necesario era hacerlo a los gritos en la esquina, ya que esa actitud solo muestra debilidades en una columna que se debe sostener entre todos sin sacar las manos de la espalda del otro. Rectificar y cambiar, no solo esta permitido, es vital para el sistema democrático que puede así, reorientar políticas públicas con las medidas adecuadas.

Ahora bien, el manual de protocolo dice: se felicita en público y se corrige en privado y no es una afirmación azarosa, es la manera correcta de hacerlo sin generar menoscabo de ningún tipo, en eso mismo que se pretende cambiar. A partir de las modificaciones implementadas durante la semana pasada, ya no habrá manera de fortalecer la imagen del presidente de la Nación a sabiendas que esos cambios surgieron de otra voluntad expresada públicamente. Lo más probable es que las rotaciones y cambios sean positivos para la gestión, aunque difícilmente lo sean para el gestor, quien ha quedado evidentemente, más como un chófer que como un conductor, al seguir las «sugerencias» que fueron tan directas como los pasos de una receta de cocina.

Cuando una pareja transita por problemas en su relación, es improbable que busquen la solución diciéndose cosas en público, en un asado o una reunión, por ejemplo. Lo más acertado sería discutir en un plano privado, puertas adentro. En el campo político ocurre lo mismo y así se transmite solidez y apertura también mientras que al hacerlo puertas afuera, en público, sólo se muestra quien da las órdenes y quien las ejecuta.

Las líneas ya están despejadas, ya se vio claramente quien dirige las estrategias, ahora no hay espacio para el desacuerdo ni los mensajes públicos, ahora se debe demostrar que más allá de la forma cuestionable de sugerirlos, los cambios eran necesarios y serán efectivos, caso contrario, se trabajará para el aumento del voto rechazo, alejando a la clase política dirigente del sentir de las calles en que viven.

*José Luis Martínez (Periodista-docente)

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