El “poder” de cada uno, personal y singular, más allá del dinero, postura social o profesional,
es el de la ¡voluntad!, este sea el motor que dinamiza todo actuar singular, voluntad para
cambiar la cosas, voluntad para resistir, oponerse etc., mantener el estado de las cosas, por
ejemplo, conservar privilegios, inmunidad etc.
Así, la voluntad nos lleva a -actuar en el mundo-, sin embargo, la voluntad entendida como
principio incorporado en la condición humana, como innata, no existe, sino que se debe
adquirir, primero “nacer” y después, ¡ejercitarse!, así, una –necesidad- le permita nacer y un
lograr, ese ejercitar. Lo que nos dice que la voluntad debe tener un norte, poseer un sentido,
tener una dirección, como “eje” para poder actuar, porque sin ellos, ¡no hay voluntad!, ella
quede aplacada, y el sujeto sin voluntad es alguien que se abandona al suceder, y se convierta
en “hojarasca” llevado por el viento de la contingencia.
Lo que hace ¡más que interesante!, que gente “cubierta” de necesidades y llenas de
privaciones, no tengan voluntad por haberse “abandonado” al control que la liviandad
electoral posiciona y optar entre el mediático y el fracasado inflacionario, a esa
representación que ¡no representa!, por ser las caricaturas que instala el sistema, y más allá
de esa pretensión de ser presentado como solemne, serio, profundo y esencial, el sistema es
grotesco por obligar a la voluntad a que se pronuncie. Las décadas de fracasos de los
gobiernos votados, ha terminado por engendrar ese escepticismo que debe soportar la burla
del gatopardismo instalado, para beneficio del astuto de turno.
Un nombre sin voluntad posiciona el absurdo que es “hacer” de lo insignificante algo
significativo, y es lo que se pondrá a prueba por las futuras medidas del gobierno y lo que
habrá de provocar, cuyas respuestas estén en el manual opositor, como: paros, huelgas,
movilizaciones e instituciones afines como CGT y partidos políticos para torcer las medidas
de fondo del presente gobierno, entonces, ¿qué se juega en todo esto?, que se devela el
absurdo del insistir por décadas como algo significativo, de algo que ¡no lo es!, porque no
cambia nada y a eso se ha abandonado la voluntad, a instituciones y a la rueda de la
cuantificación ¡del eterno retorno que no cambia nada!.
Pero y el presidente votado, ¿acaso no lo fue porque representa algo, y haya provocado
esperanzas y ha otorgado sentidos?, no, porque unos y otros conformen la misma historia del
fracaso, con la diferencia que “unos” son protegidos por el sistema, lo que les insufla voluntad
mientras otros, son sus condenados, al que se les ha quitado toda voluntad.
Juan Oviedo
